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jueves, 7 de septiembre de 2017

No mas diálogo.




Hace ya un par de años denuncié  en mi blog la preocupante tendencia de una parte de la sociedad de abandonar el uso de la razón, y de la sobrevaloración de un discurso basado exclusivamente en los sentimientos.

En aquel momento avisé del riesgo que suponía  este tipo de discurso, que por desgracia se ha instalado cada vez más en nuestra vida política.  En aquel momento advertí de que estaba muy bien tener en cuenta los sentimientos, pero que después había que tener en cuenta que la persona que votásemos iba a gobernar durante cuatro años.  Fenómenos como el brexit o la victoria de Donald Trump demuestran que mis preocupaciones no eran erróneas.

En España también hemos tenido nuestra dosis de políticos que se basan únicamente en lo sentimental.  Todos los partidos en mayor o menor medida han recurrido a ello, pero sin lugar a dudas, los maestros de la manipulación emocional han sido los independentistas catalanes.


Quede claro que no se puede meter a todo este colectivo en el mismo saco. Una parte importante de la gente que apoya el nacionalismo  son gente más o menos sensata (tanto como podemos serlo usted y yo), que ve en Cataluña unos problemas objetivos, y que cree que esos problemas no se están solucionando con  el sistema actual, y tras valorar  de forma más o menos sensata las alternativas, creen que la independencia es el mejor camino.  No me refiero a esos, por muy en desacuerdo que este con ellos. Me refiero en cambio a esos independentistas que han abandonado todo tipo de pensamiento crítico.  A aquellos que mienten o se quieren creer las mentiras que otros les cuentan.  Esos nacionalistas plantean que tras la independencia van a seguir en la unión europea y usando el Euro porque ellos lo valen.  Plantean que una hipotética Cataluña independiente va a estar libre de corrupción por obra y gracia del espíritu santo, y en fin, que con la independencia Cataluña será la reencarnación automática del paraíso terrenal.


El independentismo catalán y su “referéndum” es hoy sin duda el mayor reto que afronta nuestro país desde el 23 F.  Lleva gestándose muchos años, y ante ellos la respuesta de una parte de nuestros políticos siempre parece ser la misma  palabra mágica: “dialogo”.

No se confunda el lector: Creo en las ventajas y los beneficios de dialogar casi con cualquiera.  Pero El dialogo requiere un mínimo de racionalidad en  las dos partes que dialogan.  Cuando una de las dos partes es irracional, el dialogo  y los argumentos sensatos no sirven de absolutamente nada, como muestran el brexit y la victoria de Trump.

Ayer salía en la prensa el líder de Podemos, pidiéndole al gobierno dialogo.  Me gustaría preguntarle a él, y a todos los que plantean el dialogo como solución mágica ¿Qué tipo de dialogo creen que se puede plantear con alguien que pretende saltarse la constitución y las leyes a la torera?.   Más aún:  ¿Cómo se puede tener un dialogo razonable con alguien que defiende la bondad de saltarse las leyes, pero que al mismo tiempo pretende que las leyes de la hipotética nueva Cataluña deban cumplirse?   ¿De verdad creen que se puede dialogar algo en serio  con un grupo que entre sus filas tiene a quien defiende que Cristóbal colon y Santa Teresa de Ávila eran catalanes?

No señores no.  El dialogo requiere que tanto nosotros como la persona de enfrente seamos racionales e intelectualmente honrados, y el independentismo  y sus líderes (con la salvedad expuesta anteriormente) no lo son.


No cabe a día de hoy el dialogo ante el desafío soberanista. Tal vez con mucha más educación de la sociedad  quepa plantearlo, pero a día de hoy no es así.  El independentismo es en su mayor parte irracional, y ante ellos no caben más argumentos. Nunca han cabido.

Quedan entonces tan solo dos opciones:

O nos plantamos y decimos que hasta aquí (con todas las consecuencias), y hacemos que el independentismo irracional choque con la realidad de las leyes y del estado de derecho, o bien cedemos ante ellos para evitar el conflicto y nos retiramos.

Ambas opciones tienen ventajas e inconvenientes.  Dejo al lector que decida cuál es la que prefiere.

Pero lo que es evidente es que frente a la irracionalidad,  el dialogo no es una opción.

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